Palabras que estaban sueltas, o agarradas, y se han ido juntando

..un poco de mí, de otros, un poco de verdad, y no...

martes, 15 de noviembre de 2016

Decidí dedicar parte de la clase a leer un par de capítulos de la novela. Simplemente eso, y nada menos que eso. Callarme un poco para asegurarme de que lo que iba a seguir sería sobre terreno conocido, para que pudiéramos, entre todos, tratar de deshilar el ovillo, escuchar las voces poderosas que atraviesan las páginas y el tiempo. Entender, o no, el artilugio.
Cada cual con su edición, cabeza contra cabeza, murmurando bajito, en silencio, unos comentarios cuchicheados por allá, una mamá acariciando su panza como dándole ritmo a la lectura y a su bebé, yo misma con las páginas oscurecidas por los años, surcando la mirada por encima de la que habrá hecho mi abuela, sobre ese mismo territorio.
En medio de esa suspensión de todo, ¡páp! algo saltó y quedamos a oscuras.
Qué macana, lamenté, me lamenté, porque habíamos estado respirando un lindo aire luminoso. Esperé, intenté leer, inútilmente, y creí que ahí se terminaría todo, buen fin de semana, continúen en sus casas. Velas a la vista, no había.
Pero no. De a poquito, de cada butaca, fue naciendo la luz. El anfiteatro se encendió de luciérnagas silenciosas, de pantallas proyectando claridad sobre los libros. Rescatando la historia de esa injusta oscuridad.
Como que hubo ahí una magia, un puente o abrazo
Limón, limón, limón, pelotita. Pelotita, limón, limón, limón. En círculos sube uno, baja, sube otro, baja, otro sube, baja y pica la pelotita en el pavimento. Ahí vemos que era una pelota de tenis, antes, no. Truco perfecto. Va de nuevo: ahora que ya sabe que sabemos, aplica otra rutina, siempre con las esferas amarillas hipnotizándonos, fugaces espectadores. Algo no sale como esperaba, una pequeño error de cálculo, de coordinación, creo sentir su frustración en un chasquido de lengua. Pero es un show cronometrado que debe continuar, se juega entero en eso, el verde del semáforo va a sonar con sus doce campanadas. Sigue sigue sigue, pirueta final de pelotita en talón y a la mano. Fin. Nuestras sonrisas son el aplauso que no escuchará, nuestras sonrisas de chicos grandes admirando lo que nunca vamos a poder hacer, admirando cómo de la nada misma, de unos limones sacados de la bolsa para vender y una pelota atesorada de vaya a saber dónde, de ahí, de algún otro flaquito más grande, que antes fue así chiquito, que le enseñará su arte (quién sabe, un sparring de la vida escondido en otro palo de semáforo), de ahí se reinventa para sobrevivir a los días injustos,para que brille su infancia a pesar de todo y brotándole por las pecas de su hermosa cara que ya se acerca, jadeando, a esperar unas monedas.
Cuando él dice ¡vamos! no está pidiendo un favor. Cuando dice vamos su timbre es imperioso, impaciente, impertinente, impune, inmune a cualquier ya voy, dame un segundito, mami ya termina de escribir esto, de ponerse la sandalia, de pintarse con delineador, de mandar el audio, de tomar el café con leche. 
El verbo y la mano son lo mismo, tironean igual, porque cuando dice vamos! (suena ¡mámos!) la palabra tira de mi ánimo, lo aprieta para que se desperece, para que se dé cuenta de que nada es más importante en ese minuto y en esta su pequeña vida que ir a buscar la pelota. Todo es nimio frente a su urgencia por encontrar a Ema, la gata escurridiza de la abu. Nada debe interponerse entre el mundo de juegos y nosotros. Su vamos! es ya mismo, es ahora, es no me importa nada porque me importa que entres en mi universo, que seás arquera, hinchada y relatora en mi estadio de granza y pasto pelado y flores cascoteadas. La fuerza del vamos de mi niño es inclaudicable y aleccionadora. Sabe que mueve el mundo (el de él, el mío, el del abuelo que no puede resistirse, el de los hermanos que, a rezongones, van hacia cada destino señalado por la manito libre, el del papá que larga papeles, computadora o siesta para ponerse a su altura).Ese vamos tiene , apretada en la palma de su manito, la llave de todo lo imposible y la de las puertas para ir a jugar

miércoles, 24 de febrero de 2016

Hoy volvió a pasar por la puerta de mi casa; ya le reconozco la forma de golpear las manos, el tono de su voz, el pedido casi cantado de ayuda. Es flaquito, moreno. Trae un cartón con alguna imagen religiosa, un bono contribución invariable, una sonrisa triste y los ojos, los ojos, quién pudiera descifrarlos. Su gesto es casi calcado al del que vino ayer, vendiendo bolsas de basura, deben tener la misma edad, las mismas penas, quizás parecidas a las de la otra chica que anda cargando una bolsa de ropa vieja, inservible para todos, menos para ella. Los mocos le empastan la cara a su bebé, el pelo se le pegotea a la otra nena, que con voz de dientes careados aprendió de memoria la letanía una ayudita por favor calzado algo para comer una ropita que ya no use.
También piden a Dios que me bendiga antes de saber si voy a poder ayudarlos, si voy a tener lo que necesitan, bueno,
nunca voy a tener lo que necesitan.
Los sábados suenan más aplausos, algunas caras nuevas y las de siempre.
Los más antiguos me preguntan por mis hijos, por el bebé, si ya camina, si está bien.
A veces cuentan una historia, quién sabe si es cierta
(yo también la contaría).
No han disminuido sus visitas, al contrario, se han multiplicado a lo largo de estos años. Nunca les pregunto si tienen planes (ni sociales, ni de los otros) y mucho menos, qué harían con ellos, porque está a la vista que no mucho. Salir a mendigar no es, tampoco, un hobby después del trabajo remunerado y en blanco, no es un pasatiempo ni un vicio.
No se me ocurre juzgar si la ropa que juntan después la venden, o la tiran o tienen la valentía de usarla.
(Yo, ¿la tendría?)
Tienen un poder indeseable: se vuelven cada vez más invisibles cuanto más son, y, cosa fantástica, hasta dejan de figurar en los índices y estadísticas.
Pasan los años, pasan los gobiernos,
Ellos, ellas, no dejan de pasar.
Estuve toda la mañana, mientras trabajaba, pispeando muros. Cada cual con su versión de la verdad, sus evidencias, preguntas y críticas en forma de links , de likes, de memes, de fotos de archivo. Tonos altos, tonitos irónicos, ocurrencias para la carcajada. Reflexiones llamando a la cordura, rabia, alegría, devoción, alivio. Es un día de ánimos enmarañados.
Varias veces estuve a punto de apilar mis ladrillos de palabras en el muro mostrando, también, mis sucesivos estados de ánimo. Pero desistí. Igual, seguí rumiando mentalmente todo lo que me da vueltas en estos días, mi pequeña porción de verdad. Las ideas me acompañaron hasta la puerta de casa...seguramente tenía el ceño fruncido, o una expresión seria. Debe haber sido así porque la cara se me alivió en una sonrisa cuando apareció chillando de alegría Marianito, como quien quería contar algo que sus hermanos mantuvieron en secreto pero, literalmente, no tenía las palabras.
Entré y los vi.
Recién terminado de armar, con todos los adornitos y las ilusiones, el arbolito. Y un poquito más allá, el pesebre. Nuestro pesebrito de chala.
Fue y será, para mí, la mejor de las imágenes, la única capaz de acariciarme el alma.

(texto escrito en vísperas de la asunción de Mauricio Macri a la Presidencia el 10 de diciembre de 2015)
Era una sola receta infalible para el bizcochuelo: dos tazas de azúcar, cuatro huevos, cien gramos de manteca o nata (la que mami juntaba cada mañana cada vez que ponía a hervir leche en esa jarra /olla grande ), ralladura de limón o esencia de vainilla y cuatro tazas de harina. En la tercera taza ya se ponía medio difícil de revolver la cosa así que exprimíamos el limón y, si seguía empastada la mezcla , un chorro de leche. Ya antes una de las dos (yo odiaba hacerlo ) había enmantecado y enharinado el molde.
Volcar la preparación en el recipiente tenía su cuota de vértigo porque se nos podía caer todo junto, la mezcla era pesada para nuestros bíceps infantiles . Después al horno y a esperar. Cada tanto, abrirlo y chequear pinchando la masa con un cuchillo hasta que saliera sequito.
No sé cuántas veces hicimos esa apropiación de la cocina pero sí me resuena todavía el entusiasmo que le poníamos a ese plan de siestas de sábado o de vacaciones. Hoy son nuestras hijas las que se citan por whatsapp para preparar una torta que vieron en el canal de youtube de su cocinera favorita.
Ver la ansiedad y la emoción por su trabajo terminado es el reflejo de un espejo maravilloso de la infancia en las volteretas de la vida.
Trato de hacer dormir al más chico, le ronroneo algo con melodía muy básica cero elaboración, mmmm mmm , más tirando a mugido de porfi dormíte (oh tiempos primerizos de Babies go Queen y nanas emocionadas )...Lo va logrando, ya de aburridito se le caen los párpados. 
Le murmuro el último tono y de allá, de la otra habitación escucho, me llega un pàlido " Maaáaaa, maaamiii" del penúltimo. 
Desamortiguo el brazo dormido debajo del niño y contesto como diciendo shhhhhhhh! : " Qué pasaaa".
- Me siento maaáaaal.
-Y qué sentíís (medito que el abuelo q lo cura está a 1500 kms, ojalá no sea nada grave)
- No sé.... pero sé que si te digo eso....vos vas a venir.