Palabras que estaban sueltas, o agarradas, y se han ido juntando

..un poco de mí, de otros, un poco de verdad, y no...

miércoles, 24 de febrero de 2016

Hoy volvió a pasar por la puerta de mi casa; ya le reconozco la forma de golpear las manos, el tono de su voz, el pedido casi cantado de ayuda. Es flaquito, moreno. Trae un cartón con alguna imagen religiosa, un bono contribución invariable, una sonrisa triste y los ojos, los ojos, quién pudiera descifrarlos. Su gesto es casi calcado al del que vino ayer, vendiendo bolsas de basura, deben tener la misma edad, las mismas penas, quizás parecidas a las de la otra chica que anda cargando una bolsa de ropa vieja, inservible para todos, menos para ella. Los mocos le empastan la cara a su bebé, el pelo se le pegotea a la otra nena, que con voz de dientes careados aprendió de memoria la letanía una ayudita por favor calzado algo para comer una ropita que ya no use.
También piden a Dios que me bendiga antes de saber si voy a poder ayudarlos, si voy a tener lo que necesitan, bueno,
nunca voy a tener lo que necesitan.
Los sábados suenan más aplausos, algunas caras nuevas y las de siempre.
Los más antiguos me preguntan por mis hijos, por el bebé, si ya camina, si está bien.
A veces cuentan una historia, quién sabe si es cierta
(yo también la contaría).
No han disminuido sus visitas, al contrario, se han multiplicado a lo largo de estos años. Nunca les pregunto si tienen planes (ni sociales, ni de los otros) y mucho menos, qué harían con ellos, porque está a la vista que no mucho. Salir a mendigar no es, tampoco, un hobby después del trabajo remunerado y en blanco, no es un pasatiempo ni un vicio.
No se me ocurre juzgar si la ropa que juntan después la venden, o la tiran o tienen la valentía de usarla.
(Yo, ¿la tendría?)
Tienen un poder indeseable: se vuelven cada vez más invisibles cuanto más son, y, cosa fantástica, hasta dejan de figurar en los índices y estadísticas.
Pasan los años, pasan los gobiernos,
Ellos, ellas, no dejan de pasar.

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