Era una sola receta infalible para el bizcochuelo: dos tazas de azúcar, cuatro huevos, cien gramos de manteca o nata (la que mami juntaba cada mañana cada vez que ponía a hervir leche en esa jarra /olla grande ), ralladura de limón o esencia de vainilla y cuatro tazas de harina. En la tercera taza ya se ponía medio difícil de revolver la cosa así que exprimíamos el limón y, si seguía empastada la mezcla , un chorro de leche. Ya antes una de las dos (yo odiaba hacerlo ) había enmantecado y enharinado el molde.
Volcar la preparación en el recipiente tenía su cuota de vértigo porque se nos podía caer todo junto, la mezcla era pesada para nuestros bíceps infantiles . Después al horno y a esperar. Cada tanto, abrirlo y chequear pinchando la masa con un cuchillo hasta que saliera sequito.
No sé cuántas veces hicimos esa apropiación de la cocina pero sí me resuena todavía el entusiasmo que le poníamos a ese plan de siestas de sábado o de vacaciones. Hoy son nuestras hijas las que se citan por whatsapp para preparar una torta que vieron en el canal de youtube de su cocinera favorita.
Ver la ansiedad y la emoción por su trabajo terminado es el reflejo de un espejo maravilloso de la infancia en las volteretas de la vida.
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