A eso de las once empezaba a picar la verdura, desgrasar la carne, abrir las vainas de las arvejas, lavar una por una las hojas de acelga. Los labios, los ojos, maquillados con puntualidad. Y su canto desperdigándose por toda la cocina.
De a uno le íbamos cayendo: má me está peleando, má qué me pongo, má, tengo que comprar plasticolas de colores, mami qué comemos hoy, má puedo ver los dibujtos, mami, má, mami.
Mientras tanto, siempre había alguno parado a su lado recitando, sí, así como suena, como una letanía estudiando el legado cultural de los Aztecas, los ríos de la Patagonia, las palabras agudas graves y esdrújulas, el cuento que había que saberse de memoria.
Repasando las tablas, revolviendo la olla, peinando las trenzas con las cintas blancas.
Multiplicada y dividida en dos, en tres en cinco, en ocho.
Paseó por todos los temas y las geografías. Nunca dejó de escucharnos.
Hago click en esta imagen con aromas de cocina y zambas añoradas. Cuando Nico me llamó para decirme la biografía de Oscar Wilde por celular, y Cande me mandó un mensaje de texto preguntando si había es una palabra grave, dejé de revolver mis ollas de textos, de desenvainar las palabras para lograr un buen párrafo y me sentí, sonriendo, en un punto cercano y circular al de mis recuerdos.
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