Palabras que estaban sueltas, o agarradas, y se han ido juntando

..un poco de mí, de otros, un poco de verdad, y no...

viernes, 15 de agosto de 2014

Tuc, pum, tuc, pum, un bocinazo y de nuevo pumtuctucpum, goooool!! No, no fue gol!
Me llegan los ruidos secos de la pelota pasando de una zapatilla a otra, de un botín viejo a uno nuevo, o a una ojota. Las ventanas abiertas dejan que la casa se llene de los sonidos de la calle. Un resorte casi incontrolable me acicatea para que vaya a ver si están todos bien después de esa frenada, de esa bocina. Pero no voy. Porque están todos bien, los grandes vigilando a los más chicos. El arco más imaginario que real, marcado por unas piedras, unas manchas de aceite.
Sus gritos, enojos, risas, quejas, arengas, corridas, la pelota contra el portón, cuidado mis plantas por favor, le pido al aire porque es inútil la advertencia previa.
Las changuitas pelilargas, entrelazadas del brazo, presumidas que les pasan por delante como si nada, como si no les interesara que las vean bien, que no las olviden.
Mamás con cochecitos que van o vienen de la plaza.
Pasa la tarde, cae el sol, se van las horas y la calle sigue ahí, sosteniendo el juego y esa libertad de la niñez que se muestra apetitosa, fácil y para siempre.
Aunque desde la mesada de la cocina, o enfrascada en la computadora, me titile la angustia de la inseguridad, del temor, de dudar si hago bien en dejarlos salir a dar vueltas en la bici, visitar a la vecina de la otra cuadra, disfrutar a pata suelta de la vida de barrio, la vereda, el sol y la amistad.
No me sirve embanderarme en las imágenes de la nostalgia que me muestran la misma película de charlas en el cordón de la vereda, de mami vuelvo más tarde, de obvias salidas a hacer los mandados a dos, tres o más cuadras. Pero sin ese peligro latente, presente, insaciable e injusto que les cubre ahora, como capa fina, la niñez.
No me sirve, no le quiero dar lugar. Prefiero dejarme hechizar por esta postal, interrumpirles la fiesta llamándolos a merendar; verlos entrar roñosos y colorados, despeinados, angurrientos, atragantándose de tortillas para volver a salir a jugar.
Porque, quién sabe, quizás así, con la invasión impune, igualadora, de la infancia en las veredas y en las calles, retroceda la maldad.

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