A los saltitos, un pie primero, dos tres cuatro baldosas. Cambio de pie, dos tres cuatro, los dos pies al piso. Otra vez, hasta llegar a la mitad de cuadra. La cabeza concentrada, parece, en no salirse de la regla impuesta por él mismo. Un ritmo que viene de todos los tiempos le marca su pequeña diversión.
Once y media de la noche, las luces iluminan al silencio, al frío y a sus quizás siete años.
Piernas de rayuela, una mano libre y en la otra, un manojo de rosas sin vender.
Juego de chico, vida de calle. La vereda se deja pisotear por algún sueño con el cielo de llegada.
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