Me enamoraba de sopetón, a lo bruta, con anteojeras, la vista y el corazón puestos solamente adonde yo quería mirar. Unas orejeras me impedían escuchar los gritos de alarma, las advertencias de lo evidente. Me enamoré desde chiquita, llené páginas de diarios y escribí poemas horribles sintiéndome víctima de un Cupido insensible o perverso. Palabras que significaban todo pero no llegaban a nada. Creía que la única forma de enamorarse era furibunda, inconsciente y efectiva como un rayo.
Un día entendí, porque lo sentí con la fuerza de lo irreversible, qué era estar y ser enamorada. Simplemente, saber que vas respirando un mismo aire, que saboreás besos y palabras con la misma emoción y que sin querer queriendo vas mutando al amor. Y ahí, plantás la bandera de lo imposible que solamente se puede hacer de a dos.
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