Palabras que estaban sueltas, o agarradas, y se han ido juntando

..un poco de mí, de otros, un poco de verdad, y no...

viernes, 15 de agosto de 2014

Pasión

En cada partido se calzó la camiseta con el 10 de Messi. Aunque su jugador favorito era Rojo. 
Empezaba a ver las primeras jugadas y se iba a patear la pelota al garage, con una ansiedad desbordada en sus cinco años.
En la final, nos dijo: "avísenme cuando hagamos el gol, yo entro a festejar" y se fue a cumplir con su ritual solitario de goleador, arquero y relator.
Nunca dudó de que su país ganaría la copa, por eso, previsor, se gestionó con tiempo esa alcancía de plástico, trucho trofeo al que no le puso ni una monedita pero sí toda su fe. Y más tarde, una brazuca imitación que abrazó como a una hija.
Yo, que no llegué más que a tener un póster de Madonna en mi habitación de adolescente, a completar quizás parcialmente un álbum de figuritas, que no deliré a los gritos por ningún cantante o sufrí por quedarme sin las entradas para ver algo.
Yo, que muchas veces me siento atrapada viendo el absurdo de las ilógicas de los fanatismos, admirando secretamente una pasión irracional, tuve la posibilidad de susurrarle con cautela un equilibrado"pero podemos perder, mi amor".
Sin embargo, no lo hice. Lo dejé fluir en su avalancha de sentimientos, le preparé el equipito de fútbol para que fuera a "entrenar" en la escuelita según el resultado de los partidos: un día era Rojo, otro día, Messi, otra tarde, Romero.
Hasta la abuela tuvo que coser un 10 de apuro en la camiseta que iba a tener el número 1, porque ese día le tocaba ser Romero y yo, en un tremendo olvido, no le había separado los guantes.
Entonces fui entendiendo que esa manera visceral, corporal y comprometida con los sentimientos era un pacto parecido al que hago con una novela, a ese dejarme atravesar por las vidas de otros para también vivirlas yo, en piyama y a punto de entrar en el sueño. A la emoción de sumergirme en una pantalla, sabiendo que todo eso no es verdad y al mismo tiempo, sí.
Por eso, cuando entró, convocado por el silencio, a ver el gol alemán que nadie cantó, y sospechó algo muy malo en las caras incrédulas de todos, las bocas abiertas, las manos a la cabeza, cuando empezó a llorar quedito abrazado al abuelo, con un sollozo que preguntaba "¿vamos a ganar, verdad?", cuando eso se convirtió en rabia en la pitada final, cuando apagó la tele porque no quería ver que el trofeo dorado se iba a unas manos incorrectas, me entregué a su desazón sin cuestionarlo, en ósmosis con su ilusión desgarrada.
Después hay tiempo de explicar, de sacar enseñanzas, consejos, aprendizajes.
No lo hice todavía, no sé si lo haré. Es un juego, claro, pero es su juego que, por el momento, es lo mismo que la vida.

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