Una lágrima es muda, pero delata. Una lágrima es casi etérea aunque condensa un universo.
No respira, más bien late en su cadencia de descenso. Sutil, es de hierro. Es de mar y de congoja. Dura como un capricho o blanda como beso en la boca.
Es de hielo, de bronca. De hiel en la impotencia, de asombro en el despertar a la vida.
Sucede igual, la dejemos derramarse en torrente o evitemos vanamente su destino de huella.
Una lágrima sola seduce hasta al viento, naturaleza de pequeña desnudez arrastrándose al vacío.
Cuando se desmorona en cascada, mejor esperar a que pase la embestida inicial que empaña los ojos y el pensamiento
Si la impulsa la alegría, primero empapa las pupilas y recién se despeña, descontrolada y loca, absorbida en un abrazo.
Es culpable de correr el rimmel, enrojecer la nariz, hinchar los párpados y preparar la cara para las preguntas incómodas o los anteojos oscuros.
Conmueve, nace, engorda y muere en segundos, y a veces, termina como sorbo o resabio adentro de la boca.
Llorar una lágrima es parir un poco el alma
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