Desde las alturas de la cama cucheta, en esos minutos donde bajar la intensidad del día hace florecer las preguntas más importantes y más inverosímiles, ella me pidió permiso -como si lo necesitara- para acariciarme el pelo. Má, me dijo, en tono de descubrimiento, qué negro es tu pelo. Yo, que no aprendí todavía a aceptar un elogio sin chistar, le mostré la falla: sí, pero si mirás bien, hay algunas canitas.
Rebuscó un poco entre mis rulos que pedían pista para irse a dormir, sospeché su expresión de incrédula, escuché su veredicto.
-Sí, casi no se ven...para mí son un adorno.
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