Sé cómo se siente dormirte en medio de una fragancia suave, esparcida por la mano de una abuela sobre tus sábanas, antes de dormir. Puedo rebobinar y escuchar una y mil veces las historias cien veces contadas de amores de principios del siglo XX por esa voz con tonos de nostalgia, en tantas tardes compartidas, cuando de pronto rasgaba el aire su risa sin edad.
Revivo la paciencia inclaudicable de la otra abuela, presionando con suavidad mis dedos para que copiaran sus movimientos en mis primeros pasos con el crochet, su cadencia catamarqueña, los dulces reservados para sus nietos en el ropero, su alegría de vivir.
Un borbotón de imágenes, sonidos, escenas, envueltas en el calorcito del corazón.
Pero aunque intente inventármelos, a pesar de que trate de armarme una historia de abrazos, regalitos, voces o besos, no puedo. No puedo enhebrar recuerdos de mis abuelos. Mis abuelos, tan reales como las palabras que los evocan, tan ausentes de mi historia, porque se fueron antes, por qué se fueron antes.
Será que hoy puedo disfrutar de esa corriente invisible de amor incondicional entre mis hijos y sus abuelos. Que sonrío como boba cuando se abrazan, cuando el abuelo le manda un beso alado desde una punta de la mesa a la nieta, y los dos se sonrojan. Cada vez que los curan de enfermedades reales y no, que preguntan por ellos, que mandan sus fotos por whassap. Cuando se descuentan un montón de años y se ponen a su altura para hablar de esos temas tan importantes en la niñez. Cuando no hay horario imposible ni teléfono apagado para venir a librarlos de todo mal.
En cada uno de esos instantes que van amontonándose en el humus intransferible, indeleble, de una relación para siempre. Puedo, entonces, vislumbrar cómo hubiéramos sido mi abuelo y yo. Puedo entonces,hacerle trampa a la memoria para inventarme un recuerdo.
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