Por lejos, Navidad es la festividad que más me gusta. La alegría está ahí, en el medio de todo, de las corridas, los preparativos; sacando la cabeza a través del calor o de las renegadas.
Un recuerdo se sale de la galera de mi memoria. El de las siestas obligadas, obligatorias, en la infancia, para que aguantáramos el tirón hasta la noche.
Mandato certero de ejecución imposible. Desde risitas ahogadas hasta guerra de almohadas, cualquier pavada nos soltaba la carcajada y no había poder que nos mantuviera quietos. Ni siquiera las persianas bajas oscureciendo la pieza.
Los intentos de silenciarnos mutuamente potenciaban la cosa, hasta que finalmente se desbandaba todo y de allá se oía el reto iracundo de mi papá que intentaba, en vano, apaciguarnos desde su habitación.
Como toda historia, se repite. Nada duerme en derredor mientras haya chicos en la casa. La vida baila por los rincones, esperando, bulliciosa, al que tiene que llegar. La magia se escribe en cartitas garabateadas de ilusión. La ansiedad brilla por su presencia y la promesa de encontrarnos nos trasvasa el corazón.
Una esperanza, en puntitas de pie, nos dice al oído que siempre es posible ser niños otra vez.
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