Mi ciudad está fea, mechuda, maloliente. Rota, desamparada, insegura, peligrosa. Los restos de comida, de construcciones, de plantas, de animales, se amontonan en el primer montículo que de a poco va cumpliendo su ineluctable destino de basural. O, también, en los parques y en las plazas.
Las calles nuevas envejecen pronto, lastimadas de baches y agujeros. Y las viejas, bueno, pa la lágrima.
El tránsito se enmaraña de insultos, osadías, bocinazos. Las motos son minicolectivos familiares de gente aplastada y descascada. Los autos zigzaguean como ebrios, porque whassapear y manejar es bastante incompatible, pero se puede.
Los mendigos, las mendigas suplicantes son parte indisoluble y transparente de la instantánea cotidiana.
La inundación pasó pero las barandas inútiles del canal quedan. Enormes tachos latosos señalan el peligro peo no lo evitan para nada, para nadie.
Un enojo se desliza como subtexto cada vez que salgo de casa para ir a cualquier lado, incluso a mi propia vereda, que nunca se barre, en una calle que nadie limpia. Aunque la boleta que pagamos fielmente mes a mes, la muy mentirosilla, diga que sí.
Las calles nuevas envejecen pronto, lastimadas de baches y agujeros. Y las viejas, bueno, pa la lágrima.
El tránsito se enmaraña de insultos, osadías, bocinazos. Las motos son minicolectivos familiares de gente aplastada y descascada. Los autos zigzaguean como ebrios, porque whassapear y manejar es bastante incompatible, pero se puede.
Los mendigos, las mendigas suplicantes son parte indisoluble y transparente de la instantánea cotidiana.
La inundación pasó pero las barandas inútiles del canal quedan. Enormes tachos latosos señalan el peligro peo no lo evitan para nada, para nadie.
Un enojo se desliza como subtexto cada vez que salgo de casa para ir a cualquier lado, incluso a mi propia vereda, que nunca se barre, en una calle que nadie limpia. Aunque la boleta que pagamos fielmente mes a mes, la muy mentirosilla, diga que sí.
No entiendo entonces la sonrisa satisfecha, maquillada, del responsable de que, como nunca, el Jardín se haya convertido en este paisaje naturalista. Que desde los cartelones nos invita a votarlo, así lo ayudamos a seguir subiendo los escalones del poder.
Decíme, Domingo, ¿de qué te reís?
Decíme, Domingo, ¿de qué te reís?
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