Viene corriendo por el pasto, las botamangas como alas grises disparatadas. Atrás deja una rueda alrededor de la fogata, unas sombras de voces niñas y de madre.
Nos abre su cara en una sonrisa espléndida, un manojo de dientes enfiladitos que empujan dos cachetes perfectos embarrados de invierno.
Tiene un nombre antiguo, de cuento o de abuela.
Pero ella apenitas cuenta con esos años indispensables para creer en todo. También, para saber que la niñez puede ser un privilegio o una historia feliz ajena.
Se llama Berta. Y no puedo olvidarla
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