Frente al hotel cuatro estrellas, a cinco escasos pasos del trilingüe bienestar, un hombre con la edad envejecida por el calendario de la calle, se acomodaba en el colchón de baldosas. Una manta raquítica, la cabeza contra el piso. El acecho del invierno en el viento frío de Buenos Aires.
Casi al lado, casi encima, la insolente vidriera de una tienda de café proclamaba, ignorando la obscena contradicción: ¡Bienvenido invierno!
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