Éramos los dos, él en una punta, yo en la otra. Él con un plato de ravioles recalentados. Yo, con un texto urgente por revisar, ya como autómata, o casi. Desde allá, después de seguir silenciosamente mis chistidos, resoplidos, los movimientos de las manos en el mouse al ritmo de las idas y vueltas del pensamiento; desde la punta de su mundo esperó una pausa y suspirandeando dijo "tengo tantas cosas que preguntarle a Dios".
Detuve mi burbuja. "Y qué cosas, por ejemplo?". Me miró mientras hacía un gesto con medio raviol ensartado en el tenedor, un gesto de uf mirá que son muchas, y se decidió por la que, obviamente, le resultó la más urgente:
" ¿Por qué la gente grande no juega?"
Cerré la pantalla, la computadora, la jornada y me fui a acompañarlo al país de los sueños, con una moraleja.
No hay comentarios:
Publicar un comentario