con ellos, la clarísima percepción de mis ojos apenas más arriba de la mesada, mi nariz olisqueando con fragor embelesado el olor a viyela, a tafeta, raso o algodón.
La total certidumbre de ser parte de un movimiento dentro del rito mágico de las tardes de costura.
Elegir era saber que marcaba un destino de creación única. No sé cómo lo hacía, cómo ella le sacaba retazos al tiempo para abocarse a la Singer y costurear los sueños de sus hijos, cantando el repertorio de músicas de la memoria catamarqueña.
Una vez más, como entonces, me senté, expectante y espectadora, a presenciar la transformación. Pero nos pusimos más lejitos, mis siete años y yo, para dejarlas a ellas, nieta y abuela, conjugar los hilos, las cintas y las miradas cómplices. Que es mucho, mucho más que coser una faldita de colores para que una coyita baile el carnavalito.
Gabriela Palazzo
La total certidumbre de ser parte de un movimiento dentro del rito mágico de las tardes de costura.
Elegir era saber que marcaba un destino de creación única. No sé cómo lo hacía, cómo ella le sacaba retazos al tiempo para abocarse a la Singer y costurear los sueños de sus hijos, cantando el repertorio de músicas de la memoria catamarqueña.
Una vez más, como entonces, me senté, expectante y espectadora, a presenciar la transformación. Pero nos pusimos más lejitos, mis siete años y yo, para dejarlas a ellas, nieta y abuela, conjugar los hilos, las cintas y las miradas cómplices. Que es mucho, mucho más que coser una faldita de colores para que una coyita baile el carnavalito.
Gabriela Palazzo
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