y con esa cara de azote, con ese cuerpazo que excede ampliamente los talles y la edad, dejando amanecer los rulos nuevos en tan rebelde cabeza, se lo escuha en el asiento de atrás como al más perdidamente enamorado -o dolido, o ambas cosas- de los adolescentes, en un movimiento de trucha y sentimiento sobre las melodías de sui generis
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