Una línea, perfecta, a cada lado.
Un solo trazo, con el tono y el color justos, contorneando la hermosa curva de los párpados, resaltando el huidizo verde de los ojos, caramelos verdes
de sus ojos
luminosos
Dos líneas, parte de un ritual cotidiano continuado en la boca (la mezcla nunca exacta a sí misma de barras de lápiz labial), los pómulos, el pelo, listo. La cocina, los hijos, las tareas.
Pero eran únicamente esos dibujos pincelados traídos de otra década los que fascinaban a Una.
Un día, un solo día al año el ritual se trasladaba a su territorio, al mapa de su carita blanca. Ese día se aguantaba la respiración y con fascinación imaginaba, cerrando los párpados, sintiendo la humedad del pincel, cómo quedaría la obra.
Abrir los ojos, entrar en el encantamiento, ser otra (un ángel, una princesa de trenzas en la cabeza), cualquier personaje que, al final de la tarde en ese patio enorme plagado de otros encantamientos de día de la primavera, terminaba con el pelo revuelto y huellas de papas fritas en la boca.
Pero las líneas, ahí, seguían perfectas, recordando que por un rato más que nada, era Una y era Ella.
Una intenta bordear la cornisa de sus párpados en un solo movimiento. No tiene pincel, la punta se corta, intenta de nuevo
una y otra vez, hasta que queda terminado. El legado está ahí, la pericia no es la misma (la paciencia).
Sin un ruido, algo se acerca, intacto, como atraído por el viejo rito fascinante: sus ojitos, agarrados al marco de la puerta, expectando su momento de secreta ceremonia.
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