Lo mira con ternura. Le pregunta algo, le peina los mechones claros y suaves. Le ofrece un bocado , con paciencia y destreza masculinas, de mano fuerte y cariñosa. Los ojitos claros, grandes, lo miran como sabiendo que ahí está su lugar en el mundo, su refugio o dique, el intérprete de los movimientos y gestos de su cara pecosa.
Percibo la conversación que inicia y sostiene el padre, interpelando los sonidos del niño; puedo intuir el flujo afectuoso, la historia en común, la interrogación lanzada al futuro, cuando mira al hijo.
El chico está agarrado a una silla, atado a un destino desde, lo supongo, siempre. Sin esos lazos, se caería.
El padre amarra al hijo en cada ternura, en cada valiente respuesta a los ojos de pena que recibe uno, que entiende el otro.
La sonrisa grande, verdadera, inocente, inconsciente de tanto que no tiene y de tanto que le da ese papá, me pega en el centro del mar de mis tontos lamentos, como bofetada de amor.
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